Funteman: una casa llena de historias

Redacción: Maholy Martínez (@Maholy53649112) y  Karen Ruiz  (@kaoriuva19)


Es hora del descanso, el reloj marca las 14h00 y aún se percibe el olor de los alimentos que se sirvieron en el almuerzo. Cerca de veinte adultos mayores están reunidos en el salón de recreación de la Fundación de la Tercera Edad San Pablo de Manta (Funteman), quienes pasan la tarde conversando y compartiendo con sus compañeros de la vejez, amigos que la vida y las circunstancias les dio.

En este lugar se encuentra Rosita, quién a pesar de su avanzada edad no pierde su encanto y gusto por una buena conversación. Sus largas uñas pintadas perfectamente de color rojo, dan cuenta de su preocupación por seguir luciendo bien a sus 84 años de vida. Es la más bromista del grupo, afirman sus compañeros. Así, ha sido siempre, desde que nació en Bahía de Caráquez, al norte de Manabí.

A un costado del grupo, encontramos a alguien que parece haberse quedado atrapado en los años sesenta. Tiene un estilo hippie, lleva en su cabeza una pañoleta de color rojo, y una barba larga de motociclista, que dan cuenta de su espíritu aventurero que lo llevó de joven a recorrer varios rincones del mundo. Pese a sus largos recorridos, es de pocas palabras, tanto que no da su nombre y prefiere que lo llamen Cucú. Sentado en su silla de ruedas, dialoga con cortas palabras y largas pausas, sin dar mayor información de su pasado; solo de vez en cuando deja escapar algunas frases que ha memorizado de sus lecturas favoritas.

Otro mar de historias es doña Felícita, quien recuerda sus días en la campiña manabita. Ha perdido la visión, pero no la esperanza de regresar al lugar que la vio nacer, Río Chico, en el cantón Portoviejo. Confiesa que de joven no era amante a sembrar y trabajar en la tierra, como lo hacía la mayoría de sus familiares; pero sí le apasionaba la cocina, su comida favorita era el viche, un plato preparado a base de maní, pescado, yuca y otros productos propios de la costa ecuatoriana; aunque ahora, por su salud, no pueda degustarlo.

También existe un grupo más independiente, alegres y activos realizan sus actividades por si solos. En este grupo está don Fernando, tiene cabellera y barba totalmente blancas, similares al algodón. Cuando en su juventud viajó a la India, se hizo amante de la meditación y el yoga; es vegano, aunque reconoce que esto le dificulta un poco su alimentación cotidiana. Este quiteño decidió pasar esta etapa de la vida en Manabí, y es que aquí se enamoró del clima, la playa y de su gente. Fernando, padece de Parkinson, una enfermedad que poco a poco va devorando sus recuerdos, mientras muestra sus desgastados libros de gaviotas y meditación.

Una voluntaria comparte galletas y té aromático con las asiladas en Funteman

Vea también: Reportaje Fundación San Pablo de Manta

Actividades recreativas

Para mejorar la calidad de vida de los adultos mayores, ellos realizan varias actividades, las mismas están en un cronograma que cuelga en la pared.

Adicionalmente, dos veces por semana deben ir a terapia física y ocupacional. Quienes no realizan estas actividades permanecen en sus dormitorios o el salón de recreación. Ahí se entretienen en bingos, manualidades, cantos, bailes, entre otras cosas.

La realidad en los asilos: el ocaso de la vida

Las historias que cuentan inevitablemente ablandan el corazón de cualquiera. Las páginas del libro de la vida se abren y comienzan a relucir las crónicas de una larga vida. Lágrimas ruedan en las mejillas agrietadas de aquellos que recuerdan a sus parientes. Es en ese sitio donde terminan los adultos mayores que no pueden ser cuidados por sus familiares y, en el peor de los casos, han sido olvidados.

Algunos reciben visitas semanales, otros cuando se acercan a cancelar por la estadía de su pariente en el lugar, algunos no corren con la misma suerte, abandonados a su destino desde que llegaron no han recibido la visita de nadie, como menciona uno de los funcionarios de la casa hogar.

De lejos, pareciera que estos adultos están ahí, esperando en medio de una agobiante rutina a que llegue el ocaso de la vida; sin embargo, en cada sonrisa y en cada frase, evidencian que a su manera siguen viviendo con tanta pasión y entusiasmo, como en los días de su juventud.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *