Dubai, avergüenza a Chamanga

Como si fuera en cámara lenta. Es un rodaje acelerado de una escena real, sin efectos especiales, ni trucos de edición.  A medida que caminaba la proyección era más real, mientras mis pensamientos creaban imágenes en un transcurso de lentitud de impotencia y rabia por la miseria extrema capturada.

 Con una extensión de 117 km² y una población de unos cinco mil habitantes, es San José de Chamanga, situada en el cantón Muisne, al sur de la provincia de ‘Verde’, Esmeraldas.

 Sus habitantes se desplazan en botes por los canales. La historia data, que durante los años 1920-21 se empezaron a construir de manera informal las primeras casas, que más tarde sería esta localidad con imágenes conmovedoras.

Sus casas edificadas son una avergüenza humana al Dubai de oriente donde es posible vivir en medio del océano en una casa sumergida bajo el agua. Allá los sueños no son una quimera son lujos concretados en la vida real. Pero acá en Chamanga son edificaciones junto al borde del estuario o sobre sus aguas contaminadas, nada de azul, donde cada persona decidió construir con remiendos de la madre naturaleza, pero que en su mayoría no pasaron la prueba de un 16A.

 Las viviendas construidas de madera, caña, ladrillo o combinadas, se puede acceder por unos estrechos puentes de mangle, tablas o cañas.

 A menos de un metro, sobre el agua del mar, algunas casas sostenidas por pilares de madera y de caña guadua, otras a unos cuantos centímetros sobre el nivel de este se destruyen con rapidez por la salinidad. Pero son techos sin esperanzas, rodeados de basura y excrementos que no tienen servicios básicos para todo más que el mar de los lamentos.

 El muelle que se construyó en los años 90, está deteriorado, actualmente se edifica otro, mismo que los moradores consideran de gran importancia para el desarrollo de Chamanga.

En esta población, sus habitantes dependen de los recursos que ofrece el manglar: desde conchas, almejas y churos, son parte importante de la alimentación diaria. Pero en la actualidad, debido a la destrucción del manglar y la alteración de la calidad de las aguas del estuario, se han escaseado.

 La economía básicamente es la pesca. Hombres con sus rostros agotados y su piel quemada, por las extenuantes jornadas en el mar, antes que amanezca salen a conseguir el único sustento económico, los peces. Otras familias, poseen pequeñas tiendas.

 El ambiente de las calles es poco favorable; el mal olor es algo normal para quienes viven en esta población, donde conviven a diario con este y con la basura que es lanzada a la calle o a una orilla del manglar, donde se bañan los niños, porque el carro de la basura no hace servicios en este lugar.

 Pero a pesar de las necesidades también hay tiempo para el ocio. ‘Los hombres de la casa’ se reúnen por las tardes y se dedican a ingerir alcohol a un costado de la calle para contar las experiencias y para dar rienda a su pobre imaginación atrapada en las aguas del pacífico mar.

 La educación es una posibilidad, luego del terremoto se construyó una institución educativa, con todas las adecuaciones necesarias, para instruir a los pequeños.

 Rodeados de mar, la rutina es la misma todos los días, las posibilidades son remotas, pero con decisión se puede lograr sobresalir.

 A simple vista, llegando te parecerá que es un pueblo con todos los servicios, pero cuando te enmarcas en la cercanía de sus habitantes de que están cerca del mar, comprenderás que nada es lo que parece. La miseria es el cruel testigo del diario vivir y una mirada al cielo implorando un día mejor.

 

Cerca del caserío existe un pozo, donde el agua la utilizan para bañarse e incluso para la preparación de alimentos, exponiéndose a las enfermedades, con la “esperanza de sobrevivir”.

 

 

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