Retazos de sueños rotos…

Entonces él me dijo:

-¡Ufff, un día me gustaría no ver a ningún niño llorar!

-Ah, yo le pregunté ¿por qué?

-¿Si? – me dijo

– Es lo peor, ver llorar a un niño o niña

Entonces pasábamos por una cafetería y me invitó a tomar un café acompañado de un rico bolón manabita. Entre seriedad y sonrisas, más la interrupción del volumen de un televisor con algún programa basura, continuábamos nuestra conversación, sin apartarnos del tema, lleno de desagradables experiencias y de impavidez cotidiana.

-Mira hermano, el campesino ve caer la lluvia y se llena de alegría porque podrá sembrar y cosechar. Pero a mí, la lluvia me trae el recuerdo de niños tristes, llorando en la calle. Te preguntaras por qué me causa tanto dolor…, solo puedo decírtelo que me llega hasta lo más profundo de mis sentimientos cerebrales.

-Pero no puedes salvar al mundo – le respondo-

– ¿Qué harías si encuentras a dos niños en las calles, con su ropa sucia y zapatos rotos, mirando a otros bien vestiditos y con una golosina en la mano? – me preguntó

– Y yo le dije:

–  Tan solo mirar. Así están hechas las sociedades, desiguales por el hombre.

– Pues no, Martín, el hombre tiene que cambiar y, tú tienes que cambiar tu mirada.

– ¿Cómo lo hago?- pregunté-

En ese momento la mesera del lugar se acerca  con cortesía a preguntar si deseamos algo más – habíamos terminado lo pedido-, pero al unísono, contestamos, ¡no, gracias!. Y retomamos el tema donde nos quedamos.

– Pedro, te pregunté, qué debo hacer.

– Entonces en tono de consejo y advertencia:

– Vea, hermano se lo digo clarito de una vez. No tengas miedo si vez una escena u otra que tenga que ver con niños. Si no tienes que dar acércate a estrecharles sus manos, regálale una sonrisa. Si lo haces con amor otros te observaran  y los dejarás pensando. Así que Martín, si una golondrina no hace verano, nosotros hagamos esa utopía real, como lo dijo Albert Eísntein: “Lo más importante es la imaginación que el conocimiento”

– Pagamos la cuenta, y dos dimos un abrazo con hasta pronto.

Proseguí  mi camino y me quedé pensando: si caminas, hazlo firme, no seas indiferente, estrechas sus manos, habrás logrado un minuto de felicidad, de esas que algún día se recuerdan como si fuesen eternas.

Por: Carlos Cedeño

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