Conversando con las rosas

Me acerqué a preguntarles. ¿Dónde está mi  madre?

Todas ellas de diferentes colores. Se quedaron en silencio. Un silencio profano.

-Insistí, ¿dónde está mi madre?

-Cada una mantuvo su color. Eran rosas florecientes de las plantas que sembró con sus manos.

-Un suspiro atravesó mi cuerpo, una espada cegaba mis ojos. Eran los rayos del sol.

-Y volví mi mirada a ellas, buscando una respuesta en cada pétalo…y al mismo tiempo acariciándolas, como dibujando su rostro con su especial sonrisa.

-Dónde estás madre. Te busco en el balcón de tu mirada, en el eco de tu voz tratando de escuchar una palabra entrecortada. Suficiente para decirlo todo.

– ¡Rosas!, respóndanme: ¿Dónde está?

-Rosas, no conozco vuestros nombres, pero se quien la regaba.  Mi madre con su amor y la paciencia para verlas florecer en la cima de cada rama.

-Estoy loco, me pregunté. Yo conversando con las rosas. Aquellas que veía y que por su belleza alguna vez fotografíe para sacar su mejor perfil, en mi travieso mundo de fotógrafo aprendiz para captar historias.

– ¿Las rosas hablan?. Sí, me respondieron. ¡Te amo!, ¡Quiero darte un beso!, ¡Gracias por ser  mi Madre!

-Ahora sí, sé que estás ahí. No te veo, pero estas en todas partes. Quien más que yo para sentirte. Para escuchar: “¡Mijo”!. Y yo en proverbial silencio…si mami!

– De pronto mi conciencia inhóspita me toma de sorpresa  y me dice: Madre, quiero darte un beso. Madre déjame abrazarte y susurrarte al oído que con un  ¡te Amo!, ¡te extraño!

– Así proseguí conversando con las rosas y, con mi atribulada conciencia.

– De pronto en ese divagar con cada una de ellas, les conté, que a esta hora, hace un año mi madre había partido y, que desde entonces me tiene cogido de su mano y me envía mensajes ratificándome que ese lugar llamado cielo es maravilloso, pero que me falta mucho para merecerlo; porque yo antes le dije: “Dígame, como yo puedo volar a dónde usted”.

– Otra vez yo y mi conciencia caímos  en ese mar profundo. Pero de repente ella me sacudió y, con tono firme me llamó la atención: Hijo, si estas en aguas profundas, no tengas miedo, porque allá solo nadan los valientes y, Dios es perfecto, su tiempo lo es. Camina de mi mano, como la fotografía en blanco y negro que conservas. Pero mientras tanto sigue cuidando de tu padre, sin importar las horas ni el lugar.

– Por un momento olvidé las rosas. Esas rosas que alguna vez Federico García Lorca llamara;

¡Ave rosas, estrellas solemnes!

Rosas, rosas, joyas vivas de infinito;

bocas, senos y almas vagas perfumadas;

llantos, ¡besos!, granos, polen de la luna;

dulces lotos de las almas estancadas;

¡ave rosas, estrellas solemnes!

– Que en su parte final del poema concluye:

Rosas, rosas divinas y bellas,

sollozad, pues sois flores de amor.

– Sin duda son flores maravillosas de inspiración:

Madre, Amada, como tu nombre

flor única y  divina,

flor de Dios,

maravilloso jardín del Edén que el creador nos regaló.

Por: Carlos Cedeño

 

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